Archivado en: caja de cartón
1
Te vuelvo a encontrar en el mismo sitio: aquella esquina, ángulo en defunción, donde los ojos del revisor metálico no te pueden alcanzar. Continúas igual, vendiendo aquellos productos sintéticos hechos en ningún lugar.
Tú vuelves a escuchar aquella canción que te hace recordar aquel tiempo en el que solías bailar, la luna brillaba y no sabías quejarte.
Al final descubres que tus ojos no brillan si no es por culpa del Sol. Las páginas se te pasan de dos en dos, y ya no reconoces al chico que ves reflejado en el cristal del vagón. No sabes dormir sentada si viajas de pie en medio de un tren que nació bajo una plaza dominada por la diversión y termina en una calle inundada por tu depresión.
Ya no te convence la canción, aunque la sigues cantando sin saber qué significan sus silencios ni respetando sus palabras fuera de compás. No afrontas sus miradas que se arrastran por el suelo y no ves las tumbas donde hay personas que no supieron qué decir ni por qué llorar.
2
Te vi en el mismo lugar durante 3 o 4 meses seguidos. Compartimos viaje con el mismo origen pero no igual destino. Sé que tú me viste y algo te preguntaste que tus sueños supieron responder mejor que mi voz. Yo te escribí alguna canción o algún soneto que no te habría atrevido a leer. Sin saberlo, serás protagonista de esta frase y mis palabras, que como un regalo anónimo te dedicó hasta que te levantes, despiertes, desenmarañes y bajes, por última vez, a tu destino, sin saber yo cuál es.
3
Descubres que aquel cantar de sirena no era sino el ruido que hacían los guijarros al chocar contra las rocas heladas de un puerto de montaña.
Creía haber escuchado tu nombre, tus lunares en el pecho, tu respiración desenfocada, tu mirada desvariada, tu voz entre almohadas llenas de susurros por la noche… Resulta que me equivoqué y mis oídos no me habían traído tus pensamientos sino tan sólo el ruido que hacían al caer despeñados desde la cima que no he logrado alcanzar.
Mis cadenas son pesadas, me digo, aunque no hay ningún ancla que me sujete a este lugar. Son telas de araña sobre lo que mis muñecas descansan.
4
Me encuentro con aquella mirada colgada en una flor de celofán, como un ruiseñor demasiado pequeño para aprender a cantar. También está esa otra mirada perdida entre líneas temporales a modo de raíles especiales sobre los que viajan aquellas notas a un compás que tan sólo tú eres capaz de escuchar.
Tú entraste en último lugar, justo antes de despegar, cuando la mujer lloraba por un amor que no se parecía al tuyo, y se fue.
Nos paramos en mitad de ningún lugar, donde nadie se atrevía a mirar, donde se escuchaban los pasos de la gente que no sabía caminar.
Entras y te sientas en el lugar donde alguien ha llorado. Yo, que estaba aquí antes que tú, la he visto desaparecer y dejar su pesar ahí donde tú te has sentado. Nadie ha hecho nada. Ella se fue con lágrimas rojas entre sus ojos, y tú has llegado sin saber nada de todo esto. La próxima vez prometo moverme y hacer algo para evitarlo. Estoy harto de no hacer nada por ella ni por ti. ¿Y lo impediré por fin o me quedaré mirando como ella cierras los ojos fingiendo desaparecer, mientras los demás ciegos cruzan con sus bastones testando la firmeza del suelo?
5
Aquel baile se para de nuevo, la música no cesa quedando patente que lo que nos rodea no desaparece, que mis manos son torpes y tú no me paras de pisar.
6
Lleva toda su vida metida en su mochila. Ahora la pone en venta para que los demás la miren con desdén, o incluso peor, con indiferencia.
7
Dibujaré un oso en tu espalda, los coches de choque pasarán por tus brazos, para volar solo hará falta desearlo hacer, el chocolate sabe mejor en tu piel, la plastilina se guarda en tus manos, los soldados no miden más de 5 cm., John Wayne siempre sobrevive a la última escapada… Yo sonrío, soy feliz, no vive en tu mundo, hago el mío y no hay muerte, ni tristeza ni aburrimiento.
8
Te veo irte otra vez y maldigo cuando los neones rojos me llamaron y te dejé de ver. Recuerdo el fuego subiendo de mi tripa mientras lo demás se desvanece, excepto el vacío que me dejas… Jamás dejaré de mirarte. Cada instante es el mismo repetido pero esta vez te sigo, montas al tren a tiempo y tú, de nuevo, ya no vas conmigo. He perdido, te he perdido, me he perdido.
No la vi y el camino siguió sin ella. Todo marchó igual, pero yo notaría su ausencia durante varios días más. Lo que me hacía sentir así era que ella siguió cogiendo el próximo tren sin notar la más mínima diferencia. No soñó durante varias semanas, no tuvo cierto pesar en su caminar ni su vida quedó amargada por la tristeza de no verme jamás.
He recorrido varias veces este mismo camino, siempre a última hora, deseando verla sentada en el banco donde nos despedimos, esperando un tren que no hiciera paradas. El recuerdo de no verla allí donde la imaginaba, me duró tanto como mis ojos aguantaron en aquellas luces de neón.
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Vuelve…
Comentario por Audrey agosto 12, 2010 @ 12:28