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Los gorriones cuentan historias de amor. Vienen por la primavera y los puedes ver revolotear por los cielos azules y juntarse en los parques sin dejar de parlotear. Se conocen por su pequeño tamaño, su aire juguetón y se diminuta memoria. Así, cuando cuentan las historias siempre se dejan el final en el aire, nunca llegan a contar eso de comer arroz, cantar canciones en Nunca Jamás o no saber vivir el uno sin el otro, o la una sin la otra… Pero hay un gorrión muy especial, llamado Esquivel, que tiene un don que es su perdición, su virtud, su cicatriz de pirata maloliente en un rostro infantil. Esquivel tiene una memoria prodigiosa y se sabe las historias de amor de principio a fin. Siempre comienza con el final, con aquellas frases felices o tristes, con lágrimas a la postre o sábanas con olor a ti y a mí. Así, hay una nueva ornada de gorriones que cuentan las historias con el final por principio y sin poder terminar. Lejos de su diminuta memoria quedan los balbuceos, los primeros besos, los “hola, ¿cómo estás?” o el “para cuándo repetir”.
Los pájaros más grandes y rabiosos se inventan estos finales de principio, formando historias horribles en los que el amor se anuda a las vallas de publicidad que venden alcohol, tabaco o viajes de avión sin saber a dónde vas ni cuándo volverás.
Cansado de esta realidad que le hastía el corazón, Esquivel se fue de viaje submarino a un lugar donde los elefantes se abrigan los pies y se guardan del sol para comer. Allí ejercía de “desparasitador” de estos fieles animales, mientras contaba sus historias y los elefantes las recordaban para no olvidar jamás en su enorme cabeza llena de anécdotas y garabatos sin unir. Allí se hizo famoso hasta que un tipo le disparó. Nadie sabe por qué ya que nadie logró recordar el final.
A Patroclo, para que siga cantando cada vez que me ducho
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