Las cosas de Cooper & Audrey


El ajuste de mi cuenta
abril 8, 2010, 18:06
Archivado en: caja de cartón

1

Los Pingüinos A y B eran muy buenos amigos. Se pasaban la vida buceando, persiguiendo anémonas y contando estrellas de mar.

Un día, se zambulleron en el océano y bucearon tan profundo que la luz no llegaba a iluminarles. En un momento cualquiera, se separaron (siempre iban cogidos de las aletas) y cada uno siguió buceando, desorientados: B hacia el Oeste y A hacia el sudeste. Gritaron hasta quedarse afónicos, buscando debajo de cada piedra y pusieron carteles con sus sendos nombres. Pero nada, pasó el tiempo y no se encontraban.

B se había quedado inmóvil. Tenía mucho miedo de perderse aún más y no encontrar jamás a su amigo A. Permaneció escondido en un arrecife de coral marino, apenas asomándose para ver a los peces payaso pasar (que muchas veces no eran más que plancton).

A, en cambio, recorrió todos los mares, océanos, ríos y lagunas. Dio la vuelta al mundo varias veces y llegó a ser muy conocido. Todo el mundo sabía quién era y a quién buscaba. Se puso gordo, pues todo el mundo le invitaba a comer, y además, estaba muy en forma pues no paraba de bucear.

Pasaron los años, y B fue engullido por el plancton (se había quedado tan delgado que apenas le costó trabajo) y A murió años más tarde por una trombosis celular. Hizo poner en su tumba que aún seguía echando de menos a B, y que no paró de buscarlo ni aun cuando apenas podía gatear…

¡No puede ser! ¡Vuelve a contarlo desde la mitad y cambia ese guarro final!

Pasaron los años, decía, y un día se encontraron, sin más. Recorrieron el mundo junto, fueron muy felices y pusieron un gimnasio juntos donde se entrenaban a una división de pingüinos, denominada PECLOI: Pingüinos/as Especializados Contra La Piratería en el Océano Índico

2

“¿Y dices que la reina estuvo aquí? Ya… pues seguro que ni siquiera se fijó en aquel camino de adoquín que yo recorro todos los días. Paso más tiempo en aquel agujero que en la cama. Tú me dirás que la reina estuvo aquí pero yo no la vi. Y mis ojos no me engañan”.

Aquel tipo seguía durmiendo en el asiento para descansar mientras se espera al autobús. Sus sueños dormidos pertenecían a otra época y es que estaba demasiado cansada de esta realidad como para seguir en ella mientras descansaba.

Apenas se cubría con cartones y ropa vieja, desechada por dos familias de inmigrantes. Había parado allí no a la espera de ningún autobús (era más de medianoche), sino con la esperanza de saber encontrar el camino de vuelta a casa. Pero ahora se sentía perdido porque sus señas de identidad se habían borrado con el nuevo pavimento del camino. Ahora ya no sabía volver, no recordaba nada, y su hogar sería regentado por nuevos reyes en busca de su alegre perdición.

3

Pasa ella sin saber que todas las miradas la persiguen. No sabe que está condenada a ello por tener curvas, vestir de negro y mirar sin timidez. Sabe elegir, quizá no perder. Se sienta a esperar su tren y aún tendrá que aguantar que todos la deseen, sin alma, desnuda.

4

Aquel baile entre ciegos parecía imposible de descubrir. Sus movimientos eran perfectos, de lo más precisos. Sus cuerpos parecían quererse, anhelarse, pero sin apenas rozarse.

La bufanda rosa recorrió la estación rozando el suelo. Cuando llegó al punto de control ya había perdido su color. ¿Quién se atreverá a recogerla? ¿Quién avisará a su dueño de lo que está haciendo?

Una pareja de color negro viaja en el lugar opuesto a la dirección del tren. Sus bancos están equivocados. Ella, sin rostro, pasa su dedo suavemente por los labios de su compañero. No le gustan los besos sin humedad.

Las jaulas vacías cerca del río están rodeadas de grandes y pequeñas huellas en la arena. Algunos forman un camino directo hacia el agua, otras viajan en círculo, quizás para observar lo que durante un tiempo habrán de llamar hogar.

5

De noche los reflejos son más claros que la realidad a través del cristal. Yo no paro de pensar que toda línea continua tiene un final y que no lo quiero encontrar.

Demasiado duro es ver su lazo rojo más fuerte y más claro que la oscuridad del bosque donde me voy a adentrar.

Estoy cansado de esperar que me iluminen al pasear, tan sólo espero que un día deje de amanecer también para los demás.

Sólo veo los coches pasar, penas en una exhalación, sin suspiro que aguantar. En ninguno voy yo, siempre me quedo a través del cristal más opaco y apartado.

Llegará el día en que mis ojos se acostumbren a vislumbrar apenas ciertos reflejos bajo el manto de la más absoluta oscuridad. Entonces ya podré descansar.

6

El fulgor del castillo ardiendo con su rey dentro iluminó a los demás, que piensan que es justo el castigo, que piensas que a ellos también les pasará.

Ahora dime, por qué todos ven más bonito su reflejo que su verdad, por qué todos buscan cristales opacos donde deformar su realidad.

Dónde irán aquellos delfines cuando hayan terminado de saltar todas aquellas olas en ultramar. Imagino que se sumergirán tanto como puedan, y después, rodeados de un agua oscura y caliente, cesarán su baile por hoy.

Aquellos árboles que rayan el cielo con sus secas ramas son libres de crecer y decir cuánto quieran. Sostendrán a los pájaros venideros de tierras lejanas y a los gorriones también, pero aquellos con copas redondas, poco podrán hacer, si no es esperar a que les dejen en paz.

7

Entonces le dio por escribir en cada pequeño rincón que encontraba de paso, de camino de ida o de vuelta a cualquier parte. Pronto la ciudad había quedado serigrafiada con su impronta. Se podía leer en cada esquina: “¿dónde vas tú, caballero andante con armadura pero sin lectura?”; “¿dónde te dejaste el último recuerdo que valía la pena no olvidar?”.

Todo cobró otra dimensión, y la gente se quedaba fascinada con aquellas frases que les removían por dentro. Pronto surgieron los grupos de fans en facebook y gente que andaba corriendo por las calles más oscuras y sucias de la ciudad, en busca de más frases que tatuarse en los brazos o en la frente.

“De los balcones se tirarán bolas de nieve hacia el cielo, aunque sean del congelador, todos veremos la nieve caer en nuestra calles”. Nadie se quejaba en aquel momento, era lugar de fantasía e imaginación, propia de una locura que dejó ideas y locuras en el momento en que todo el mundo le comprendió.

Aquello que comenzó irritando y enfadando a las mujeres de traje y a los amos de casa, se convirtió en lo común: el loco lo comprendió y dejó de transgredir, dejó su programa de radio y su blog, para encontrar nuevas formas de romper moldes.

Fue en aquel momento cuando el loco se encerró en una caja de cartón envuelta para regalo pero sin etiqueta ni nombre. Nadie preguntó para quién, y el regalo quedó huérfano de sonrisa y celebración.

8

Estoy cansado de esperar tiempo mejores, que se me aparezca la felicidad… Dime qué pasará cuando todos los pájaros que vuelan son negros y no saben robar piezas de oro, cuando todos los augurios son malos… Dime qué pasa cuando el viajero se cansa de pasear de un lado a otro, está demasiado tiempo perdido y añora un hogar. Dime qué pasa cuando te duermes y contigo no queda ya pasión y buenos sentimientos, sólo el odio y el rencor.

Dime qué hacer cuando despiertas y tus ojos ya no saben ver lo que antaño necesitaban para vivir.

Intento recuperar aquellos sueños perdidos, recorro el mismo itinerario una y otra vez para ver si veo en algún resquicio lo que ya no soy. Me quedan jirones de piel rota tras una noche, siempre demasiado corta, y me encuentro con luz de un día que ya no es nuevo para mí. Aquel viaje ha quedado inconcluso, el asiento permanece vacío y el horizonte se resiste a alcanzarlo y siempre me esquiva en el último momento, en último lugar.

La carta no llegará y mis palabras quedarán mudas y los oídos, de alguien en particular, sordos para la eternidad.

Estoy cansado de zapatos viejos, de ropa prestada y de un sol que ya no me quiere rozar y una luna que ya no sabe bailar.

Estoy harto de ser un hombre para todos los demás.

No llego a tiempo, para variar. Para mí, el marcador del tiempo se ha quedado parado y sólo corre para los demás.

No llegué a escuchar el final de esa canción hasta que no alcancé el final de aquella escalera tan transitada que subía cada día, deprisa.

Aquella melodía se me iba clavando superficialmente en mi piel, mientras mi mano acariciaba los trozos de otras vidas que me empeñé en ir partiendo, poco a poco. Mejor dejar el abrigo en cualquier lugar para que alguien lo encuentre y no sepa qué significan los objetos que llevan sus bolsillos hasta rebosar.

El aire entró de nuevo por la ventanilla sin traer más olor que el del alquitrán y la contaminación. Los bosques que se veían cercanos me estaban vetados.

Las casas desaparecen rápido más allá de la línea 23. Pronto, aparece un campo yermo, totalmente abandonado, salvo por aquellas ramas que parecen un pequeño cobertizo bajo un árbol seco… Lejos queda todo lo demás.

9

El ruido te quitó la música que sonaba pegada a tu estado de ánimo. Tras el pitido inicial te montas, ese el ritual. Buscas caras conocidas y salvo alguna extraña coincidencia (aquella chica de rastas con la que comparto recorrido y horario una vez por semana), te apoyas en un lateral y sacas de tu mochila el cuaderno rosa, cada vez más usado, desfigurado e íntimo.

“Si viajas es que buscas un sueño, esa es la idea principal”. Hay quien puede dormir y continuar imaginando su destino (se despiertan de golpe para bajarse justo en su estación). También hay quien sabe leer manteniendo su mirada en equilibrio entre las líneas de un libro que no hace más que acrecentar sus ganas de vivir otras vidas y rellenar de aventuras la propia.

Se destacan los que aprenden idiomas y mueven su boca sin pronunciar palabra alguna (ya saben dónde ir, tan sólo necesitan aprender cuatro cosas y lanzarse probar a ver si saben nadar).

Los que escuchan música también son comunes: estos no prefieren pensar y por eso se ponen, tan alto como pueden la música que calma sus nervios o la que les infunde ánimos para terminar un día más lejos del hipotético hogar.

La especie más perdida son los que dejan su mirada perdida en un reflejo, en un rincón vacío o en el suelo. Aquellos parecen saber su final, pero nunca llegan a él bajando dos paradas antes de su destino.

10

Los cerezos en flor coloreaban el paisaje de aquel bosque deshabitado cercano al límite de la ciudad. Poca gente descansaba tumbada en sus laderas, la mayoría pasaba de largo sin tener intención de parar a descansar.

Tranquilo, me decía mientras agarraba el asidero metálico del vagón justo cuando arrancaba. No vale la pena, no pasa nada, me repetía moviendo los labios sin pronunciar palabra. No podía dejar de mirar cómo a mi alrededor todos los hombres se quedan fijos ante una chica, extrajera, que llevaba un escote que destacaba entre las demás mujeres, más abrigadas que ella.

Había desde ese adolescente con la boca entreabierta, pasando por el hombre de negocios que se sentía incomodo sin poder dejar de mirarla de reojo, hasta aquel hombre, cercano a la puerta, que movía si pierna inquieto sin parpadear. Miré dentro de sus ojos y pude ver cómo él sonreía cuando la invitaba a una copa en un bar con música alegre de fondo. Ella flirteaba y se dejaba llevar por el alcohol y las ganas de recibir halagos y sentirse princesa una vez más, con un galán de pacotilla. Le ofreció la última en su casa, mientras su pierna seguía rítmica aquel movimiento nervioso.

11

Aquella mujer de negro que coleccionaba flores,  guardándolas en una cajita transparente dentro de su bolso, salió de pronto en busca de la luz y de un día mejor.

Si es verdad eso que dicen que el pelo se pone  blanco a base de disgustos y preocupaciones, aquella mujer debía de ser una sufridora.

Tenía una  cola de caballo toda gris que le llegaba por la espalda, a pesar de que rostro mostraba rasgos jóvenes y muy femeninos. Ojos rasgados, nariz delgada y rostro fino.

Lo último que recuerdo de ella era cuando se mordía el labio mientras miraba hacia el techo amarillo del vagón y buscaba en su bolso alguna flor. Creo que simplemente la acariciaba suave y delicadamente. Después terminó y salió del tren.

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1 comentario hasta ahora
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He disfrutado mucho leyéndote… tus letras tienen un algo… ” hipnótico”.

Comentario por angusenelespaciovacio




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